Nuestros héroes habí­an resuelto por fin la duda que más atormentaba a la Humanidad: Santa Clós existí­a. También habían abandonado la órbita lunar y se dirigí­an con singular entusiasmo a casa. Pero si bien lo difí­cil ya había pasado, ahora vení­a lo peligroso.

El bueno de Jim Lovell se entretení­a calculando la posición del Apolo 8, maniobrando la nave para poder ver las estrellas que le permitirí­an saber dónde estaban en caso de que algo le pasara a la computadora de a bordo, tecleando las instrucciones adecuadas para que la nave girara. Empleaba ese tiempo porque no habí­a nada más qué hacer mientras no se acercaran a la Tierra. En eso estaba cuando la nave hizo funcionar sus motores. Una metida de pata del tamaño de una catedral gótica. Una entrada en blanco borró parte de la memoria de la computadora, entre otras cosas, la posición de la nave. Así­ que la Unidad de Medición Inercial pensó que todaví­a se encontraba en Cabo Cañaveral y comenzó a disparar los motores para corregir la altitud.

Evidentemente, en cuanto la tripulación se dió cuenta de lo que pasaba, detuvo a la computadora y comenzó a investigar lo sucedido. Ahora debían reingresar los datos que le dirí­an a la compuadora su posición real. Lovell invirtió 10 minutos en averiguar la posición del vehí­culo con exactitud, tras de localizar a Sirio y a Rigel alineando la nave con la ayuda de los impulsores de corrección de rumbo, y otros 15 minutos para ingresar los datos en la computadora. Este “entrenamiento” le sería de gran utilidad a Lovell unos 16 meses después. (Ya llegaremos a eso, a su debido tiempo.)

Allá arriba no habí­a gran cosa que hacer mientras no se acercaran a la Tierra. Los astronautas estaban relajados, tranquilos y felices, viendo el paisaje por las ventanillas y monitoreando la salud de la nave. Mientras los especialistas en balistica de la NASA en Houston calcularan la trayectoria y les dieran los datos correctos, todo estaría bien y podrí­an descansar los dos dí­as y medio que faltaban para ingresar a la órbita terrestre y descender en el Océano Pacífico. Bueno, casi. Faltaba una transmisión final, la quinta y última desde el Espacio. Era la tarde de Navidad y los astronautas le enseñaron al mundo cómo era vivir en el espacio, a blanco y negro, eso sí­. Apenas terminar la transmisión, los tripulantes del Apolo 8 recibieron un regalo de parte de Deke Slayton: en el gabinete de comida habí­a tres regalitos de parte de las esposas de Anders, Borman y Lovell, además de pavo verdadero con todo y relleno (deshidratado, claro) y tres botellitas de brandy (que no abrieron, para no comprometer la misión, lo cual fue bueno, en vista de la metida de pata de Lovell).

Dos días tranquilos y hasta aburridos transcurrieron antes de que la tripulación se preparara para el reingreso a la atmósfera terrestre. El plan era sencillo: la tripulación dejaría a la nave en la altura y posición justas y la computadora se encargaría de todo lo demás. Sólo si la computadora fallaba, Borman se encargarí­a de tomar el control. Por fortuna la computadora de a bordo no usaba Windows.
Los astronautas se metieron a la Cápsula de Reingreso, sellaron escotillas, se ajustaron los trajes, se separaron del Módulo de Servicio, se acomodaron en sus asientos, se colocaron los cinturones de seguridad, y se pusieron a esperar. Seis minutos antes de que entraran a las capas más altas de la atmósfera, la tripulación vio a la Luna erguirse majestuosa en el horizonte terrestre, justo como habían predicho los expertos en balística que vigilaban la trayectoria. Y entonces empezaron a caer. Apenas habí­an empezado a entrar a la atmósfera terrestre cuando los astronautas vieron el plasma por las ventanillas. El plasma, en realidad aire supercalentado por la fricción de los escudos térmicos contra la atmósfera terrestre, le daba a las ventanillas una coloración amarillenta. La capsula comenzo a perder velocidad a causa de la fricción y la desaceleración estaba más o menos en el orden de los 6 g, que equivalen a algo así como 59 m/s². Con la computadora controlando el descenso por el simple procedimiento de cambiar la derrota de la nave, es decir, su ángulo de orientación. El Apolo 8 descendía cual piedra con rumbo al océano. A nueve kilómetros de altura, la cápsula desplegó un paracaídas piloto que estabilizarí­a la nave; a los 3 kilómetros de altura la nave desplegó tres paracaidas principales. Y entonces cayeron a las frí­as y húmedas aguas del Océano Pacífico.

Apenas tocar las aguas, los paracaí­das arrastraron a la maltrecha nave y la pusieron en lo que la NASA denominaba Posición Estable 2: de cabeza. Y mientras se enconraban como el Martini de James Bond: batidos pero no agitados, Borman ya estaba mareado y esperaba de todo corazón que los tres globos de flotación colocaran a la nave en una posición más traquila y menos molesta. Cuarenta y tres minutos después llegó el primer buzo proveniente del USS Yorktown, poniendo como excusa que no los habían localizado antes porque habían aterrizado antes del amanecer. Cuarenta y cinco minutos después, la cápula y todos sus tripulantes (y el buzo) se encontraban en la cubierta del portaaviones, que apuntó proa a casa con su valiosa carga: los primeron hombres en haber sobrevolado la Luna.

Ah, la satisfacción de un trabajo bien hecho. Pero eso no es todo, no. Falta más, mucho más.

En nuestro próximo episodio: tres nuevos héroes recibirán la misión de probar varios componentes del proyecto Apolo mientras se encuentran en órbita sobre la luna. ¿Podrán nuestros héroes con la tarea? ¡No se pierdan “El hombre va a la Luna” Episodio VI: Apolo 9!



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